Descendientes de Ceferino quieren sus restos de regreso

(enviado por Genaro Bautista)

(Fuente: Azkintuwe / Rodolfo Chavez)

San Ignacio. El último lonko de la dinastía Namuncurá reposa junto al fuego. El frío de veinte bajo cero ha hecho mella en su salud hasta aquí de hierro y un problema en la vista lo mantiene inquieto. A los 78, el jefe de la comunidad mapuche de San Ignacio cabalga, señala y piala como en sus años mozos. Pero este invierno, duro como una roca, lo punzó con algunos achaques. El hombre de cara gringa es uno de los pocos sobrinos vivos del flamante beato Ceferino Namuncurá. Su papá Aníbal y su mamá Josefina Melo andaban con dudas sobre qué nombre ponerle, pero todo se despejó cuando el bebé abrió los ojos: lo llamaron Celestino.

[@more@]

"Mi madre era argentina, hija de chilenos que anduvieron medio entreverados y mi papá fue uno de hijos menores de Manuel Namuncurá, por eso nosotros salimos así, también medio entreverados", describe su ADN el hombre que manda en una comunidad que aglutina a 66 familias. Se trata de la comunidad que desciende del lonko Manuel, el padre del beato Ceferino que aquí -desde hace tiempo- ya es santo con todas las letras. Fuimos hasta el último reducto de los descendientes de Ceferino Namuncurá, justo una semana después de que el Papa Benedicto XVI lo declarara beato de la Iglesia Católica. La decisión papal iluminó a buena parte de la comunidad autóctona, partida hoy por el frío polar que ha congelado hasta los arroyos más vigorosos. De hecho, hay algunas familias, como la de José Namuncurá, prácticamente aisladas por la nieve, detrás de los cerros más altos.

San Ignacio está a 60 kilómetros de Junín de los Andes. Es un asentamiento disperso, laberíntico, lleno de curvas y pendientes que -por estos días- acumulan una patinosa mezcla de barro, hielo y nieve. No intente ingresar con auto. Apenas a unos metros de la ruta 40 está la primera muestra de devoción: una pequeña construcción derruida tiene de piso la cera que chorrearon las velas de los muchos paisanos de tierra adentro. Hay aquí una creencia muy fuerte en el beato mapuche, dueño de buena parte de las plegarias y padre de todos los milagros.

"Nunca te falla, si le tenés fe, te cumple con los milagros, el que sea; hay que tener fe en Dios y en Ceferino y te cumplen", asegura Cirilo Namuncurá, de 38 años. Es que para la comunidad que lleva la sangre de Ceferino, Nguenechen (el todopoderoso mapuche) tiene pelo largo, barba y murió clavado en la cruz. "Es el mismo Dios el que tenemos, nguenechen es Dios", confirma Cirilo, hijo de Celestino, y uno de los hombres que trabaja en la construcción del Santuario de madera donde esperan darle descanso final al santo mapuche y también aguardan muchas visitas de peregrinos creyentes.

El anuncio de la beatificación alimentó las ansias de la comunidad que, desde hace dos años, construye un santuario en medio del campo, con forma de kultrun (pequeño tambor achatado) y al pie de un cerro que, obvio, se llama Ceferino. Los restos del primer beato aborigen de nuestro país se enterraron en Roma en 1905 y fueron traídos a la Argentina a fines del siglo pasado y depositados para su descanso final en Fortín Mercedes, cerca de Pedro Luro, en la provincia de Buenos Aires.

"Tiene que estar con su gente"

Para Celestino no hay dudas: "Los huesitos del santo tienen que estar con su gente. Nosotros somos su familia", dice y se prende al mate que le ceba su esposa Nolfa Rivas. Ella y Celestino le dieron 13 hijos a la comunidad mapuche. Pocos, si se cuentan los 24 o 30 que parieron las 14 esposas de Manuel Namuncurá. "Estamos muy contentos de que lo han declarado santo a Ceferino… Lo escuchamos por la radio pero todavía no lo he hablado con los curitas, pero ha de ser algo que han decidido entre ellos. Ah… ¿fue el Papa?, no he hablado con el padre (Antonio) Mateos, pero está bien que hayan cumplido", afirma Celestino. El jefe mapuche no está muy conforme con que la beatificación se haga en Chimpay, el lugar donde nació el Lirio de la Patagonia, el 26 de agosto de 1886. "Dicen que nació ahí pero para mí nació del otro lado del río. Mi abuelo tenía los toldos del lado de enfrente adonde está el parque, pero, bueno, si quieren hacer la ceremonia ahí, que la hagan", agrega el lonko.

En todo Junín de los Andes y en las casitas de San Ignacio las imágenes de Ceferino suman muchas más que la de todos los políticos y de hecho el Lirio de la Patagonia tiene un permanente espacio en los medios de comunicación. Los viernes, el padre Antonio Mateos tiene un programa en el que habla sobre el beato y sus milagros. En la última emisión hubo mucho para decir. Ese día prometió que se harán todos los esfuerzos para que la obra se inaugure antes de fin de año, de manera previa a la beatificación que se hará en noviembre.

"Va a venir mucha gente, el santuario se está haciendo, nos ha ayudado la provincia y también algunos fieles. Algunos hablan de hacer hoteles y parques y qué sé yo cuánta cosa… creo que esto puede traer algún bienestar a la comunidad, vender algún animal, alguna artesanía", se ilusiona Celestino. Para el lonko la creencia es un cuestión central y se enoja con algunas actitudes que parten desde otros credos. "Mire, señor, uno respeta a todos, pero acá hay gente que divide, vienen y dicen que las rogativas nuestras son brujerías y tampoco quieren las misas, a los curas y nada. Acá somos católicos y nuestro santo es Ceferino ¿Dónde tienen que estar sus restos? Con su gente, con su familia, que somos nosotros", dice Celestino y ya no sonríe.